lunes, 25 de abril de 2011

LA RIVALIDAD, TIENE UN LIMITE

Se puede leer en algún medio sudamericano:” Shakira vio el partido desde un palco en el estadio de Mestalla y durante los 120 minutos de acción (se fueron a tiempo extra) vivió con intensidad el partido, alentando al equipo blaugrana, resoplando y resignada al final con la victoria del Real Madrid. Los aficionados del Real Madrid se metieron con la colombiana, quien no se enganchó con los insultos y disfrutó el partido, aunque el Barcelona no pudo llevarse la Copa del Rey, y en otro: “Shakira se convirtió ayer en la simpatizante número uno del Barcelona y también en el blanco de los insultos del público del Real Madrid”.

No puedo por más que lamentar la actuación de algunos indeseables que, amparados como cobardes, en la masa, y actuando falsamente en nombre de una entidad que siempre ha presumido de señorío, insultan y vilipendian a una mujer, ajena a todos nuestros tejemanejes, que lo único que ha hecho, mal que bien, es decidirse a compartir vida y milagros con un jugador de fútbol. Espero que la cantante sudamericana pueda perdonar la falta de educación de algunos españoles, en un acto al que fue invitada por Su Majestad el Rey.

Algunos podrán decir, no sin cierta razón, que es igualmente censurable la actitud de silbar la interpretación del Himno Nacional por parte de algunos aficionados culés. Soy el primero en censurar estas actitudes, porque se hacen con el sólo propósito de ofender, pero creo que no es lo mismo. En nombre de la libertad de opinión, alguno puede ser tan zote de silbar su propio himno, llevado por sus equivocadas ideas políticas, porque con ello sólo consigue retratarse a sí mismo, y a lo absurdo de un nacionalismo que preconiza el rechazo a una competición, en la que, a la vez, quiere participar. Pero que un grupito de valientes, en nombre de la rivalidad deportiva, o de una malentendida hostilidad entre ideas políticas, pueda llegar al punto de insultar a la cara, o producirse con violencia, o hacer pasar un mal rato, a la novia (u otro familiar) de un oponente, está totalmente fuera de lugar y es una cobardía moral. Se mire como se mire.


Del “señorío”, la fama,
ni se otorga, ni se pide,
sino que más bien, se mide
desde la cuna a la cama,
al ver que al niño, a la dama,
a la gente que es mayor,
a quien se debe, al deudor,
al contrario y al hermano,
al animal y al humano,
se trata como un señor…

Amparados por la masa,
con incomprensible enfado,
le gritan, en tono airado,
a un chica y le hacen guasa.

Quién insulta y es grosero
con la novia de otro tipo,
por ser tipo de otro equipo,
ni es señor, ni caballero,
ni aquí, ni en el mundo entero,
ni tiene un dedo de frente,
ni puede ser referente
de educación, ni de honor,
puesto que es, de lo peor:
Un miserable indecente.

Y un cobarde, y un cretino,
que tiene poca cabeza,
pues comete una torpeza
como la copa de un pino…


3 comentarios:

Tannhäuser dijo...

Ciertamente, insultar, cobardemente, a una mujer por ser novia de un rival y silbar al himno nacional, no son cosas comparables.

Lo segundo, por la renegación de la patria de que es exponente, cuando menos, debería castigarse con la retirada de la nacionalidad española y la expulsión de España, como apátridas, a esos que reniegan de ella.

Para la grosería descortés, bastarían un par de guantazos, con noche en el calabozo y posterior abochornamiento público de los patanes.

Luego se sorprenden de que no me guste el "júrgol", pero si hay un opio del pueblo, creo que es éste. Caca.

iNtERMitENtE iMpERtiNENtE dijo...

Soy nieto de un gallego, muy gallego, que nació en Buenos Aires, de un burgalés que abandonó Castilla para ser marino, de una vasca de pura cepa y de una navarra que siempre pugnó con quien fuera capaz de discutirle que era aragonesa por los cinco costados. Mis padres, vasco y gallega, se sienten medio cartageneros, pues fueron niños en la bella ciudad donde el Quijote vio el mar.

Yo nací en una Clínica que estaba adscrita a Gerona, al estar en un pequeño pueblo sin municipio, aledaño y absorbido por la capital de la provincia. Con el posterior crecimiento del pueblo, pasó a tener alcalde propio, y los nacidos en la clínica pasaron a ser de San Gregorio (Sant Gregori), cuando habían sido de toda la vida de Gerona. Hubo un tiempo en que uno podía solicitar que en su DNI se hiciera constar un municipio u otro, según su apetencia. Yo me enteré al pedir mi partida de nacimiento, para casarme treinta y pico años después, y no hice el más mínimo ademán, ni nada que supusiera un esfuerzo para cambiar nada.

Cursé la EGB en una escuela parroquial en Barcelona, a la que guardo el cariño comprensible. La escuela pertenecía a una parroquia que no era la nuestra, pero era donde acudíamos a oír Misa, por afinidad con los sacerdotes que allí celebraban (y porque no decirlo, por la total falta de afinidad con los sacerdotes que celebraban en la nuestra). Con el tiempo, la parroquia no pudo soportar el gasto de la escuela y la cerró. Hoy el edificio donde me enseñaron mis primeras letras es la oficina de una clínica de lujo, cercana a la iglesia.

Estudié el bachiller en un instituto público barcelonés que estaba sito en una vieja edificación de principios de siglo (del XX, ojo), prácticamente “okupado” a las bravas por el centro educativo, y con total interinidad. Cursé mi BUP y COU, con la amenaza, o la esperanza, como espada de Damocles, de que cada año era el último que pasábamos en aquel vetusto edificio “noucentista”, y que nos trasladaban a uno nuevo (mejor o peor). Hoy, aquel lugar, con las reformas que tanto le hubieran hecho falta entonces, forma parte de un conjunto de lujosas oficinas que ayuda a albergar el gran aparato burocrático de la Universidad de Barcelona.

Siendo uno de esos catalanes que se sienten españoles (habemos más de los que se piensa…), a menudo soy tachado de "catalán", fuera, y de "español", dentro; con lo cual, siempre ando con tachones encima, algo a lo que uno se acostumbra enseguida. A Cataluña la sufro y padezco, y la disfruto y la quiero, y eso (y el Estatut de marras) es lo que me dice que soy catalán. Un catalán tan diferente al resto de los siete millones de catalanes, como lo son los demás entre ellos mismos. Y un español tan parecido al resto de los cuarenta y seis millones de españoles, como lo son los demás entre ellos mismos.

Así que, alguien como yo, acostumbrado a ver cómo tan tercamente mi pequeña historia parece emperrada en hacer desaparecer mis raíces, pero sin conseguir que deje de mantener firme el tallo y las hojas donde las quiero tener, convendrá conmigo que es normal, que ni me asuste, ni me inmute porque algunos (aunque sean muchos) descerebrados, que dicen ser de los míos, silben cuando suenan las notas de un himno, o puedan ser desconsiderados contra banderas, edificios o instituciones. Todos ellos efímeros símbolos de realidades más puras e intangibles, y por ello, más difíciles de abatir.

Por el contrario, me enerva la desconsideración, la falta de valores, la violencia y la mala educación. El respeto a las personas, lo debiéramos tener dentro, impreso por la Ley Natural, que no conoce de fronteras, y el que falta a su cumplimiento, hace una cosa más grave a mis ojos, que todas las tonterías nacionalistas. Con todo, reitero mi total identificación con el resto de los españoles, y eso, amigo mío, en mi tierra, me hace objetivo de embates y envites que soporto con estoicismo y buen humor. Con lo que, por ahí, no creo que discutamos mucho más allá de la mera formalidad de ordenar los escalones de una misma escalera.

Tannhäuser dijo...

Me hago cargo, Intermitente, de lo difícil que es a un catalán o vasco o gallego o lo que sea, que ser español y tenerlo a gala.

También coincido en que la conducta de esos hinchas del Madrid, que refiere, es intolerable y que la educación y el respeto deberíamos tenerlos impresos de natura, aunque no es así, de ahí la necesidad de educar.

Sin embargo, le lanzo a usted un reto: ¿pondría la mano en el fuego a que de estar cambiadas las aficiones no habría ocurrido otro tanto?; ésto es, si Shakira hubiera sido novia de un jugador del Madrid en vez de uno del Barcelona, ¿aseguraría que los insultos y el acoso no se habrían producido igual por parte de los culés?.

Yo recuerdo la noticia, hace más de veinte años, de un hincha, creo que del atleti que a la salida de un partido en el Vicente Calderón, mató a un hincha contrario, de una puñalada y resulta que el asesino se acababa de declarar objetor de conciencia para el servicio militar.

Hechos como éste y la alienación de la sensatez, la moral y la educación que ese invento anglocabrón produce, me hacen reiterarme en que el "júrgol" es el opiáceo del pueblo que causa más colocones.

En lo que no estoy de acuerdo con usted es en lo referente a ver algo inofensivo los ultrajes a los símbolos patrios. Pitar al himno nacional no es, como usted apunta, una gamberrada, simplemente, una falta de educación, de respeto o de civismo; es un acto de repulsa, una pública renegación de la patria y por tanto, un acto de traición a la misma.

Es lo que tienen los símbolos, que las acciones dirigidas a ellos, lo están a aquello que simbolizan.

 
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